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Cuba and the United States. New Age?

by Ricardo Alarcón de Quesada
Jan. 15, 2015
Reprinted from CubaSi

Last December 17th, the US president Barack Obama corrected an excessively long injustice, and simultaneously he changed the direction of history by releasing five Cuban anti-terrorist fighters who were in prison for more than 16 years.

By acknowledging the failure of anti-Cuban policies, re-establishing diplomatic relations, removing all possible restrictions at hand, proposing the complete elimination of the blockade and demanding a new age in the relation with Cuba, all in a single speech, he (Obama) surprised everyone, including brainy analysts.

The hostile policy set up by President Dwight Eisenhower (1953-1961) —before Obama was born— was followed by Democrat and Republican presidents of the U.S., and it was later codified with the Helms-Burton Law, approved by Bill Clinton in 1996.

It was pretty successful in the early years. In 1959, with the Triumph of the Revolution, the U.S. was at the apex of its power. It exercised unchallenged hegemony over several countries of the world, especially in the Western Hemisphere. The U.S. expelled Cuba from OAS and the island was isolated. Cuba was then helped by the Soviet Union and its associates at the COMECON (Council of Mutual Economic Assistance), made of countries that signed the Warsaw Pact.

The falling of the so-called “real socialism” gave false hopes to those who believe it was also the end of the Cuban revolution.

They imagine the imminence of a long period of unipolar dominance. Gloating about good times, they do not notice the deep sense of things happening: the end of the Cold War opened new spaces for social struggles and made Capitalism face new challenges to overcome.

The fall of the Berlin Wall prevented them from seeing that in February 1989, Venezuela was shocked by a social uprising called “El Caracazo”, sign of the blossoming of a new epoch in Latin America.

Cuba survived the collapse of former allies. Its resistance was key factor for the deep transformation of the continent. The policy to isolate Cuba failed years ago since the U.S. ended isolated itself, as stated by current Secretary of State, John Kerry.

A new relation with Cuba was paramount for Washington. The U.S. needed to approach its relation with the continent, no longer its backyard. The achievement of such a goal is fundamental now. The U.S. cannot lead as it did before.

There is still a long way to go to reach that level of relation. First, the economic, commercial, and financial blockade must stop, as major sectors of U.S. business world are urging.

However, to normalize relations it is essential to learn how to coexist with a different viewpoint and eradicate old dreams of domination. It would imply to respect the sovereignty of people, fundamental principle of the UN Chart, which is not convenient for the most powerful countries.

In relation to the freedom of the Cuban Five, all U.S. presidents have used —without exception— the power granted by the Article II, Section 2, Paragraph 1 of the Constitution. All of them have used it for more than two centuries and nothing has stopped them.

Such paragraph in the Constitution authorizes the President to cancel the sentences and grant pardons, in cases of alleged crimes against the United States.

There were lots of reasons to demand executive clemency for the Cuban Five. In 2005, a judge panel of the Appeal Court revoked the process against them —defining the case as a “perfect storm of prejudice and hostility”— and ordered a new trial.

In 2009, the same court determined the case has nothing to do with neither espionage nor national security in the United States. Both verdicts were approved with full consensus.

Regarding another important charge, that of “conspiracy to commit a murder” against Gerardo Hernandez Nordelo, his prosecutors admitted it was impossible to prove such false accusation and they even tried to remove it in May 2001 in an unprecedented move. Such idea came from the attorneys of former President George W. Bush (2001-2009).

Five years had passed and Gerardo awaited any response to his repeated appeals to Miami court to free him, or at least revise his case, or order the government to present the “evidence” used to condemn him, or agree to listen to him about the extent of the money involved in such media campaign to trigger that “perfect storm”.

The court never answered back. No words from bigger media groups were heard about that unusual paralysis of the judicial system. It was obvious it was a political case and only a political decision could solve the situation. No one else but the President could do it.

Obama showed wisdom and determination when he faced with courage the basic problems rather than limiting himself to free any person. The Cuban Five saga was the consequence of an aggressive strategy and the best move was to put an end to both things simultaneously.

No one can deny the transcendence of the announcement of December 17th. It would be a mistake, however, to ignore that there is still a long, winding way to go. It will be necessary to advance firmly and wisely.

     
Cuba y Estados Unidos: ¿Una Nueva Era?

por Ricardo Alarcón de Quesada
15 de enero de 2015
Tomado de CubaSi

El 17 de diciembre, al liberar a los cinco antiterroristas cubanos que guardaron prisión por más de 16 años en Estados Unidos, el presidente Barack Obama reparó una injusticia excesivamente prolongada y al mismo tiempo dio un golpe de timón a la historia.

Reconocer el fracaso de la política anticubana, restablecer las relaciones diplomáticas, suprimir todas las restricciones a su alcance, proponer la eliminación completa del bloqueo y el inicio de una nueva era en las relaciones con Cuba, todo en un solo discurso, rompió cualquier vaticinio y sorprendió a todos, incluyendo a los analistas más sesudos.

La política hostil instaurada por el presidente Dwight Eisenhower (1953-1961), antes del nacimiento del actual mandatario, había sido la norma que aplicaron, con matices casi siempre secundarios, administraciones republicanas y demócratas y fue codificada con la Ley Helms-Burton, sancionada por Bill Clinton en 1996.

En los primeros años la practicaron con bastante éxito. En 1959, al triunfar la Revolución cubana, Estados Unidos estaba en el cenit de su poderío, ejercía indiscutida hegemonía sobre gran parte del mundo y especialmente en el Hemisferio Occidental, que le permitió lograr la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el aislamiento casi total de la isla que pudo contar solo con la ayuda de la Unión Soviética y sus asociados en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que integraban los países del Pacto de Varsovia.

El derrumbe del llamado “socialismo real” creó en muchos la ilusión de que también llegaba el final para la revolución cubana.

Imaginaron el advenimiento de un largo período de dominio unipolar. Embriagados con la victoria, no apreciaron el sentido profundo de lo que ocurría: el fin de la Guerra Fría abría nuevos espacios para las luchas sociales y colocaba al capitalismo frente a desafíos cada vez más difíciles de encarar.

La caída de muro de Berlín les impidió ver que, al mismo tiempo, en febrero de 1989, estremecía a Venezuela el levantamiento social llamado “el caracazo”, señal indicadora del inicio de una nueva época en América Latina.

Cuba logró sobrevivir a la desaparición de sus antiguos aliados y su resistencia fue factor fundamental en la profunda transformación del continente. Hace años era ostensible el fracaso de una política empeñada en aislar a Cuba, pero que terminó aislando a Estados Unidos como reconoció su actual secretario de Estado, John Kerry.

Una nueva relación con Cuba era indispensable para Washington, necesitado de recomponer sus vínculos con un continente que ya no es más su patio trasero. Lograrlo es fundamental ahora pues, pese a su poderío, Estados Unidos no puede ejercer el cómodo liderazgo de tiempos que no volverán.

Falta aún mucho para alcanzar esa nueva relación. Ante todo es preciso eliminar completamente el bloqueo económico, comercial y financiero como reclaman con renovado vigor importantes sectores del empresariado estadounidense.

Pero normalizar relaciones supondría sobre todo aprender a vivir con lo diferente y abandonar viejos sueños de dominación. Significaría respetar la igualdad soberana de los estados, principio fundamental de la Carta de las Naciones Unidas, que, como muestra la historia, no es del agrado de los poderosos.

Con respecto a la liberación de los cinco prisioneros cubanos, todos los presidentes de Estados Unidos, sin excepción, han utilizado ampliamente la facultad que a ellos exclusivamente otorga el Artículo II, Sección 2, Párrafo 1 de la Constitución. Así ha sido durante más de dos siglos sin que nada ni nadie pudiera limitarlos.

Ese párrafo constitucional faculta al presidente a suspender la ejecución de las sentencias y a conceder indultos, en casos de alegados delitos contra Estados Unidos.

En el caso de los cinco sobraban razones para la clemencia ejecutiva. En 2005 el panel de jueces de la Corte de Apelaciones anuló el proceso contra ellos –definiéndolo como “una tormenta perfecta de prejuicios y hostilidad”- y había ordenado un nuevo juicio.

En 2009 el pleno de la misma Corte determinó que este caso no tenía relación alguna con el espionaje ni la seguridad nacional de Estados Unidos. Ambos veredictos fueron adoptados con total unanimidad.

Respecto al otro cargo importante, el de “conspiración para cometer asesinato” formulado solo contra Gerardo Hernández Nordelo, sus acusadores reconocieron que era imposible probar semejante calumnia e incluso intentaron retirarla en mayo de 2001 en una acción sin precedentes, tomada nada menos que por los fiscales del expresidente George W. Bush (2001-2009).

Hacía ya cinco años que Hernández esperaba alguna respuesta a sus repetidas peticiones a la Corte de Miami para que lo liberase, o accediese a revisar su caso, u ordenase al gobierno presentar las “pruebas” utilizadas para condenarlo o accediese a escucharlo a él o a que el gobierno revelase la magnitud y el alcance del financiamiento oficial a la descomunal campaña mediática que sustentó aquella “tormenta perfecta”.

El tribunal nunca respondió. Nada dijeron tampoco los grandes medios de comunicación ante la inusual parálisis judicial. Era obvio que se trataba de un caso político y sólo podría resolverse con una decisión política. Nadie más que el presidente podría hacerlo.

Obama mostró sabiduría y determinación cuando, en vez de limitarse a usar el poder para excarcelar a cualquier persona, enfrentó valerosamente el problema de fondo. La saga de los cinco era consecuencia de una estrategia agresiva y lo más sabio era poner término a ambas al mismo tiempo.

Nadie puede desconocer la trascendencia de lo anunciado el 17 de diciembre. Sería erróneo, sin embargo, ignorar que aún queda un camino, que puede ser largo y tortuoso, en el que será necesario avanzar con firmeza y sabiduría.

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